Caravaca y su Dos de Mayo

Francisco Soler López
OPINIÓN. PREDICAR NO ES DAR TRIGO

Así es nuestro Dos de Mayo, que año tras año y siglo tras siglo, nace como una flor de un día, que abre sus pétalos como una corona alrededor de nuestra Santísima Cruz. Esos pétalos son los numerosos mantos que cada año  bordan las hábiles manos de la mujer caravaqueña, que con miles y miles de puntadas confeccionan esas joyas, no se les puede dar otro nombre, que no son solo para conseguir el premio, sino para ofrecerlos a la Santísima Cruz, que reflejan el gran amor que todos sienten por ella.

Muchas veces cuando contemplamos los mantos solo pensamos en los bordados, ¿Y esos hombres y mujeres que con su trabajo y esfuerzo consiguen que el caballo deje de ser un animal cualquiera, para convertirse en un símbolo? ¿Y esas bellísimas jóvenes que dejan que sus rostros sean reflejados en los bordados, junto con esas caras curtidas de festeros que han dado lo mejor de sí, para que este día brille como una estrella en el firmamento?

Porque, también, los numerosos caravaqueños que nos dejaron y desde el Cielo nos siguen ayudando para que el Dos de Mayo sea como un pilar clavado en la roca, que nunca se derrumbe por el paso del tiempo, pues la grandeza que tiene el ver amanecer ese día, con su colorido indescriptible, con el murmullo de sus gentes y el tintineo de los cascabeles, es algo que no olvida un caravaqueño se encuentre donde se encuentre.

La algarabía de llevarse el primer premio no resta entusiasmo al resto de las peñas para seguir trabajando por este día, que se repite año tras año, mientras queden cuatro caballistas para subir la cuesta y dos manos para bordar los motivos.

Así son nuestros Caballos del Vino, que pronto serán declarados por la UNESCO Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.