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COMIDA MOZÁRABE

JARCHAS ALMORÁVIDES 2018

Gregorio Piñero da lectura a las Jarchas Almorávides durante la Comida Mozárabe. /JUAN F. ROBLES
Gregorio Piñero da lectura a las Jarchas Almorávides durante la Comida Mozárabe. / JUAN F. ROBLES

GREGORIO L. PIÑERO SÁEZ CARAVACA DE LA CRUZ

¡Pssssss…!

¿Escucháis ya los timbales

entre el sol de primavera

y el vibrar de los metales

que alzan músicas festeras?

¿Oís…? Se endulza la tarde

con metales y maderas

anegando de ilusión

las muchas ansias de fiesta.

Porque entre trinos de mayo,

el gran prodigio regresa

tras todo un año colmado

de tierna y grata espera,

que eclosiona en explosión

de alegría y de belleza,

en estas tierras que abrazan

como a sus hijos las sierras

con los mimos de solanas

y esas caricias maternas,

delicadas como rosas

de terciopelos y seda.

Como acariciar saben

las madres caravaqueñas;

plenas de amor y ternura,

cariño y delicadeza.

Y como amar tanto sabe

la mujer caravaqueña.

Una mujer que entusiasma

y transmite en su presencia,

un tesón inagotable,

una constancia y firmeza,

que la convierte en verdad

en el Alma de la Fiesta.

Sus polícromos aromas

tan henchidos de belleza.

Su encantadora sonrisa

que enamora y embelesa

y el hechizo de sus ojos

que cautivan y te apresan,

engalanan deslumbrando

a la misma primavera.

¡La mujer más atrayente!

¡La mujer caravaqueña!

Pronto harán cuarenta años

los que Almorávides llevan

navegando por los mares

y océanos de la Fiesta.

Cuarenta años de vidas,

de alegrías y de penas,

cuarenta mayos hermanos

en esta familia eterna,

unida por el linaje

de la raza más festera.

Son años, sí. Y se notan…

Ya en nuestros cuerpos destellan

cicatrices de la vida…

Aquellas que nos alegran

como anécdotas chistosas

y aquellas que nos apenan

al evocar los recuerdos

de la inconsolable ausencia

de los amigos que fueron

a desfilar a la esfera

de los cielos más alegres,

de la gloria más festera.

Mas no implican los años

que el espíritu envejezca.

Que está nuestra ilusión intacta

y la fantasía repleta

sin pérdida ni reparo,

de una juventud que llena

en nuestra madurez

a nuestras almas festeras,

hasta sumarse a la propia

de la mocedad verdadera,

de todos los muchachotes

que ahora a la cábila llenan.

Mas… Todos somos cábila…

Las mujeres cabileñas,

los jóvenes y los menos…

Y los abuelos y abuelas.

Todos entorno a la Cruz,

a esa Cruz que es tan nuestra

y que se imprime en nosotros

desde antes de la consciencia,

desde el instante primero

en que nuestra vida empieza.

Porque goza el caravaqueño

con su Cruz, la unión eterna.

Y cuando la hora del fin…

La del viaje sin retorno,

comparezca ante mí,

en un infinito abrazo,

al momento de partir

gritaré con fuerza al viento:

¡Almorávides está aquí!

(Caravaca de la Cruz, 24 de marzo de 2018)

 

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